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jueves, 11 de octubre de 2012

Cervantes (1ª parte)


                                               PERSONAJES Y VILLARTA

                                      CERVANTES: 1ª PARTE

         Al terminar la Guerra Civil, los nacionales ocuparon Villarta. Entre todos los que llegaron,como era de suponer, el de mayor rango y personaje más importante, el Generalísimo, deseó para sí quedarse con el lugar más céntrico y concurrido: la plaza. Desde ella y con la incondicional obediencia de los suyos,  podía hacer que las órdenes llegasen al resto del pueblo a través de sus calles. Colocado en la fachada del ayuntamiento, dominaba, sobre todo en los días de mayor concurrencia – domingos, festivos, Fiestas de la villa,...-, las grandes aglomeraciones. Los otros generales y altas personalidades fascistas, se diseminaron por el resto de calles del pueblo, instalándose en el feudo sobre el que ejercerían su poder y su mando. Allí estaban entre otros el General  Mola, Yagüe, José Antonio  Primo de Rivera, Almirante Cervera, Onésimo Redondo,...
         El General Sanjurjo,uno de los más próximos al Caudillo, en honor a los méritos contraídos por ser uno de los promotores del Golpe , se instaló muy cerca de él, por si lo necesitaba estar inmediatamente a su órdenes. Por ello, decidió quedarse en mi calle; allí, en la parte más alta, con un ojo mirando y vigilando toda la calle abajo y con el otro, poniendo su mirada en la plaza, por si lo requería el Caudillo. Sobre una placa – azul, por supuesto-, dispuso su nombre, para que cuando pasásemos por allí, mirásemos hacia arriba y no olvidásemos que nos estaba observando para que fuésemos fieles cumplidores de las normas establecidas por el nuevo Régimen, tanto en el ámbito político como religioso. Nosotros, obedientes hasta en su máxima expresión -qué otro remedio quedaba-, cumplíamos temerosamente los preceptos que nos inculcaban y nos hacían guardar. Por años y años, sufríamos su imperturbable mirada. Parecía que aquel sometimiento nunca tendría punto final. El tiempo pasaba y transcurría cansina y perezosamente, sin que nada ni nadie pusiese remedio a tal situación.
         Mas yo en mis adentros y en lo más profundo de mi ser...TUVE UN SUEÑO -como Martin Luther King-. Un sueño pacífico y liberador, en que algún día aquello  iba a cambiar. Una lucha sin armas. Una lucha con la PALABRA. Soñaba que un día llegase D. Miguel de Cervantes, montado  en Rocinante, el caballo de su gran personaje, y con la pluma con la escribió su obra, “Don Quijote de la Mancha”, embistiese contra aquellos gigantes que tantos años llevaban amenazándonos en aquel sueño, de noche aciaga e interminable. Confiaba en Don Miguel, en su bravura; la que le llevó a perder un brazo en Lepanto, luchando contra el imperio musulmán.
         Siempre soñé y creí, que el autor de El Quijote, anduvo en su época, allá por el siglo XVII, por las tierras de Villarta, cruzando el Camino Real, en sus idas y venidas de Madrid a Sevilla. Busqué con la lupa de mi imaginación, sus huellas en el Puente Viejo, en el empedrado de su suelo. Pensé que quizás, se hubiese asomado alguna vez para por su baranda, observar el pausado fluir de las aguas del Guadiana  y ver la pequeña presa que remansaba el agua para el molino. Allí estaría en la puerta el molinero, que habría salido a agasajar a tan famoso caballero, que se dignaba pasar por aquellos escabrosos y peligrosos caminos, llenos de salteadores. Pararía Cervantes su caballo al lado del molino, pidiendo un poco de agua para refrescar su cuerpo.
        Continuaría su camino, subiendo Barrancondo arriba, hasta llegar al pueblo. Preguntaría, no por la posada, sino por la casa de su buen amigo, el Duque de Béjar, de quien traía orden escrita, para que en ella recibiese hospedáje. Así, marcharía a la casa que el Duque, en mi calle tenía, junto con bodegas y viñas, en la llamada Viñuela. Degustaría don Miguel sus buenos vinos, que acompañaran a mesa repleta de viandas: un buen cocido con tocino, morcilla,... un buen escabeche de peces de Guadiana,...y puede que hasta canelilla. Dormiría en un buen jergón relleno de paja, que para ello dispondrían los caseros del Duque, su señor. Y por la mañana, muy temprano, llenas las alforjas, marcharía al Chorro Viejo, a dar de beber al caballo y llenar el zaque de agua, reiniciando el camino hacia la Corte, subiendo el puerto de El Tejar.
         Y digo yo, si no sería por esta gran hospitalidad, por la que don Miguel de Cervantes, le dedicase al Duque de Béjar, el más grande libro que jamás se haya escrito. Lean si no, lo que se dice al comienzo del libro “El Ingenioso Hidalgo don Quijote de la Mancha”:
         “Al duque de Béjar, marqués de Gibraleón, Conde de Benalcázar y Bañares,Vizconde de la Puebla de Alcocer, señor de las villas de Capilla, Curiel y Burguillos:
         en fe del buen acogimiento y honra que hace Vuestra Excelencia a toda suerte de libros...he determinado sacar a la luz al Ingenioso Hidalgo Don Quijote de la Mancha, al clarísimo nombre de Vuestra Excelencia...”
         Trescientos años después, viendo invadida, tomada y poseída, por un general  al servicio de una dictadura, aquella calle donde estaba la casa que tan grandísimo hospedaje le dispensó,su espíritu sobrevoló de nuevo Villarta; y ya en tiempos de la Democracia, siendo alcalde Rafael Cháves Fernández -del que siempre guardaré un gran recuerdo-, se apostó porque aquella calle - la mía- llevase el nombre del mayor y más universal de nuestros escritores: Miguel de Cervantes.
         Ahí está mi calle … ahora más tranquila y silenciosa que cuando yo en ella moraba. Aunque ya no viva en ella, siempre será mi calle; la que un día se llamó General Sanjurjo para tornarse en Miguel de Cervantes – de segundo apellido Saavedra.


                   Autor: ESSS

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